¿Qué es eso del SCRUM?

SCRUM también es el término oficial para la melé en el rugby

SCRUM es una metodología de trabajo para el desarrollo de proyectos que satisfagan al cliente.

No pretendo explicar aquí en detalle esta metodología. Sólo quiero comentar sus principios y opinar sobre su grado de aplicabilidad, de una forma (adelanto) poco ortodoxa.

SCRUM pertenece a la familia de metodologías AGILE, que pretenden maximizar el valor ofrecido al cliente en un entorno con posibilidad de cambios de alcance. Se basan por tanto en compatibilizar la flexibilidad con la validez y productividad del trabajo realizado.

El método SCRUM en concreto propugna dividir el trabajo (el entregable final) en una secuencia de entregables parciales (sprints) de manera que enseguida haya producto que entregar al cliente, y comprobar su grado de satisfacción. Esto permite testear por donde “respira” el cliente, e introducir correcciones y mejoras desde etapas muy tempranas, en vez de tener un producto final con cientos o miles de horas invertidas sin que satisfaga al cliente, o que directamente lo rechace.

Se basa en principios de equipos autogestionados y optimización del proceso (tipo PDCA), con herramientas (artefactos) para la priorización de requerimientos de cliente en cada entrega y visualización de la información.

Esta característica es llamativa: las herramientas son low-tech, muy poco 4.0. Mucha tarjeta tipo post-it en paneles o directamente en la pared (no, no es Kanban, no todo lo que tiene tarjeta es Kanban) y reuniones de pie delante de esta información. Existe software asociado a SCRUM, pero es opcional.

¿Y es adecuado SCRUM para todo tipo de proyectos?

Pues depende, o sea, no.

SCRUM proviene del mundo del desarrollo de software, donde las especificaciones (o caprichos) del cliente deben ser todavía mayores que en el mundo industrial. Por tanto, está especialmente indicado en este tipo de proyectos.

No lo veo en temas de fabricación industrial, donde sigo apostando por incorporar las metodologías de la fabricación en serie (aunque el producto no lo sea) a través de los procesos.

Lo cual no quiere decir que no sea muy exportable a otros ámbitos, ya sea la metodología completa o al menos parte de sus principios y herramientas.

Encaja muy bien en proyectos donde cliente y proveedor deben “tantearse” porque no es posible definir desde el principio el producto o servicio: desde página web, sistema de gestión (ERP), hasta automatización industrial o digitalización.

También en temas de emprendizaje o start-ups: el concepto de Producto Mínimo Viable va muy en la línea de esta metodología.

En el mundo industrial lo veo en aquellas partes de un pedido en las que las especificaciones son más difusas, por ejemplo en etapas de ingeniería. Cambiar las discusiones contractuales por colaboración y percepción de valor por parte del cliente suena muy bien.

Y sobre todo, me encaja para un tipo de proyecto que toda empresa industrial debiera tener siempre en marcha: los proyectos de mejora. Convertir cierto caos organizativo en procesos estables, o mejorar estos, requiere de creatividad, método, flexibilidad, implicación del cliente, equipos autogestionados…

Es muy SCRUM.

 

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